El Dr. Alcides Chaux publica una revisión científica internacional sobre inmunoterapia y cáncer. ¿Cómo funciona el sistema inmune frente a los tumores? ¿Por qué algunos pacientes responden al tratamiento y otros no? Las respuestas, en esta entrevista.
La revista científica internacional Receptors, editada por MDPI y con presencia en bases de datos como Scopus y Web of Science, acaba de publicar un artículo del Dr. Alcides Chaux, Coordinador General de Investigación, Extensión e Innovación de la Universidad Central del Paraguay, Filial Ciudad del Este. El trabajo —una revisión de 33 páginas con más de 220 referencias científicas— analiza en profundidad el papel que juegan ciertos mecanismos del sistema inmunitario en el desarrollo y tratamiento del cáncer genitourinario: los tumores de riñón, vejiga, próstata, testículo y pene.
Lo hablamos con él.
¿Cómo le explicaría a alguien sin conocimientos médicos de qué trata esta investigación?
Empecemos por el principio: el cuerpo humano tiene un sistema de defensa increíblemente sofisticado, que es el sistema inmune. Ese sistema patrulla constantemente el cuerpo en busca de amenazas: bacterias, virus y también células cancerosas. En condiciones normales, cuando una célula se vuelve maligna, el sistema inmune la detecta y la elimina antes de que pueda multiplicarse y generar un tumor.
El problema es que los tumores no son pasivos. Son entidades biológicas que evolucionan, y con el tiempo aprenden a esconderse. Una de las estrategias más eficaces que desarrollan es la de «apagar» las células del sistema inmune que venían a atacarlos. Lo hacen activando ciertos interruptores moleculares que esas células tienen en su superficie, y que cuando se activan, básicamente les dicen: «Tranquilo, acá no hay nada que ver. Seguí de largo.»
Esos interruptores son los que en el artículo llamamos receptores de puntos de control inmunitario. Y entender cómo funcionan, cómo los tumores los manipulan, y cómo podemos bloquear esa manipulación terapéuticamente: de eso se trata todo el trabajo.
¿Por qué se enfoca específicamente en los tumores del sistema genitourinario?
Por varias razones. La primera es que son tumores muy frecuentes a nivel mundial. El cáncer de vejiga, el de riñón, el de próstata: son todos diagnósticos comunes, que afectan a cientos de miles de personas cada año. El cáncer de pene, aunque menos frecuente en general, tiene una incidencia significativa en países de Latinoamérica, incluyendo el Paraguay, lo que lo hace especialmente relevante en nuestro contexto.
La segunda razón es que estos tumores presentan características inmunológicas muy distintas entre sí, lo cual los convierte en un campo de estudio muy rico. El cáncer de riñón, por ejemplo, responde de forma notable a las inmunoterapias modernas. El de próstata, en cambio, es notoriamente resistente. Estudiar esas diferencias nos permite entender por qué unas personas se benefician de ciertos tratamientos y otras no, y eso es esencial para avanzar hacia una medicina más personalizada.
Mencionó los «interruptores moleculares». ¿Puede explicar un poco más cómo funcionan?
Claro. Pensemos en las células del sistema inmune —principalmente los linfocitos T, que son los «soldados» del sistema— como patrulleros que constantemente están verificando si todo está en orden. Para activarse y atacar a una amenaza, necesitan recibir señales claras de que efectivamente hay algo que atacar.
Esas señales se transmiten a través de moléculas que están en la superficie de las células, como si fueran enchufes y tomacorrientes. Algunas señales dicen «activate, atacá»; otras dicen «frenate, no es necesario». Los receptores de puntos de control inmunitario son del segundo tipo: son frenos moleculares, diseñados evolutivamente para evitar que el sistema inmune reaccione de más y ataque al propio cuerpo.
En condiciones normales, eso es bueno. Pero los tumores aprendieron a explotar esos frenos en su beneficio. Producen moléculas que se encajan en esos receptores de los linfocitos T y los mantienen bloqueados permanentemente. El resultado es que los linfocitos quedan en un estado de agotamiento: siguen estando ahí, pero son incapaces de actuar. El tumor, en consecuencia, puede crecer sin ser atacado.
El artículo revisa en detalle los principales receptores de este tipo: PD-1, CTLA-4, LAG-3, TIM-3 y TIGIT. Cada uno funciona de manera un poco distinta, pero todos tienen en común ese papel de freno que los tumores aprovechan.
¿Y cómo responden a eso los tratamientos actuales?
Ahí es donde entra lo que se conoce como inmunoterapia, y más específicamente los inhibidores de puntos de control inmunitario. La idea es conceptualmente elegante: si el problema es que el tumor activó los frenos del sistema inmune, la solución es bloquear esos frenos para que el sistema vuelva a funcionar.
Eso es exactamente lo que hacen estos fármacos: son anticuerpos que se adhieren a esos receptores y les impiden recibir las señales de «frenate» que manda el tumor. Al hacerlo, los linfocitos T se «despiertan» y recuperan su capacidad de atacar al cáncer.
Los resultados clínicos en algunos tumores han sido realmente transformadores. En cáncer de riñón avanzado, por ejemplo, combinaciones de estos fármacos lograron que pacientes que antes tenían una esperanza de vida de meses alcanzaran supervivencias medias de más de seis años. Eso, hace una década, era impensable. En cáncer de vejiga también se han visto beneficios muy importantes, especialmente en pacientes que ya no toleraban la quimioterapia convencional.
Eso suena prometedor. ¿Funciona para todos los pacientes?
Ojalá fuera así, pero no. Y esa es precisamente una de las discusiones más honestas que plantea el artículo. Estos tratamientos funcionan muy bien en algunos pacientes, tienen un efecto modesto en otros, y en una proporción importante no funcionan en absoluto. El cáncer de próstata, por poner el ejemplo más claro, es en su mayoría resistente a esta inmunoterapia: la gran mayoría de los pacientes con cáncer de próstata metastásico no se beneficia de estos fármacos como tratamiento único.
Además, liberar los frenos del sistema inmune tiene un costo: a veces el sistema ataca tejidos sanos del cuerpo, generando lo que llamamos efectos adversos inmunorrelacionados. Pueden aparecer inflamaciones en el intestino, el hígado, la piel, las glándulas hormonales. En algunos casos son manejables; en otros, son graves y obligan a suspender el tratamiento.
Entonces el desafío es doble: por un lado, entender por qué algunos pacientes responden y otros no, para poder seleccionar mejor a quiénes darles estos tratamientos. Por otro, desarrollar estrategias combinadas que amplíen ese grupo de respondedores sin aumentar la toxicidad.
¿Cómo se determina si un paciente va a responder o no antes de iniciar el tratamiento?
Eso es lo que intentan hacer los biomarcadores: señales medibles, ya sea en el tejido tumoral o en la sangre del paciente, que nos permitan predecir la respuesta antes de tratar.
Actualmente hay algunos marcadores ya establecidos en la práctica clínica. Uno de los más usados es la expresión de una proteína llamada PD-L1 en el tejido tumoral: en términos generales, los tumores que expresan mucho PD-L1 tienden a responder mejor a ciertos inhibidores. Otro marcador es la carga mutacional del tumor, que mide cuántas mutaciones tiene el ADN de las células cancerosas: más mutaciones generalmente significa que el tumor es más reconocible por el sistema inmune.
Pero ninguno de estos marcadores es perfecto. Hay pacientes con alta expresión de PD-L1 que no responden, y pacientes sin esa expresión que sí lo hacen. El sistema es más complejo que una sola variable.
Por eso el artículo también revisa tecnologías emergentes. Una de las más prometedoras es la biopsia líquida: analizar el ADN tumoral que circula libremente en la sangre del paciente, lo que permite monitorear el tumor en tiempo real sin necesidad de una biopsia de tejido. Otro campo en expansión es el uso de inteligencia artificial para analizar imágenes médicas y detectar patrones que a simple vista serían invisibles. Y también tecnologías como la transcriptómica espacial, que permite mapear la actividad génica célula por célula dentro del tejido tumoral, con una resolución que antes era imposible.
¿Qué viene después? ¿Hacia dónde va este campo?
Hacia una medicina mucho más personalizada. Hoy todavía tratamos a muchos pacientes de forma bastante estandarizada: si tu tumor es de vejiga y tiene ciertas características, recibís este fármaco. El objetivo a mediano y largo plazo es poder decirle a cada paciente: dado tu perfil genómico específico, dado el microambiente de tu tumor, dadas las características de tu propio sistema inmune, el tratamiento más probable de funcionar es este.
Para llegar ahí, necesitamos combinar múltiples fuentes de información: los datos del tejido tumoral, los datos de la sangre, las imágenes médicas, y procesarlos con algoritmos de inteligencia artificial que puedan integrar toda esa complejidad y encontrar patrones que los humanos no podemos ver.
También hay mucha actividad en el desarrollo de nuevos fármacos que bloquean esos receptores emergentes que mencionamos antes, LAG-3, TIM-3, TIGIT, que hasta hace pocos años eran casi desconocidos fuera de los laboratorios. Y hay estrategias combinadas muy interesantes: combinar la inmunoterapia con quimioterapia, con radioterapia, con terapias dirigidas a mutaciones específicas, o incluso con CAR-T, que son células inmunes del propio paciente modificadas genéticamente para atacar al tumor con más precisión.
El artículo también dedica una sección honesta a los desafíos de implementación real: muchas de estas tecnologías son costosas, requieren equipamiento especializado, y no están disponibles de manera equitativa en todos los sistemas de salud. Eso es algo que como comunidad científica tenemos que asumir con responsabilidad.
¿Qué significa para la UCP que esta investigación lleve su nombre como afiliación?
Para mí tiene un valor simbólico e institucional importante. Este trabajo fue publicado en una revista indexada internacionalmente, revisada por pares, en acceso abierto: cualquier investigador en el mundo puede leerlo, citarlo, y ver que fue producido desde la Universidad Central del Paraguay, Filial Ciudad del Este.
Eso contribuye a la visibilidad internacional de la institución en un área de investigación biomédica de alta relevancia. Pero más allá del posicionamiento, creo que transmite un mensaje: es posible hacer investigación de nivel internacional desde Paraguay, y desde el interior del país. No hace falta estar en una gran universidad de Estados Unidos o Europa para contribuir al conocimiento científico global. Eso es algo que me interesa comunicar, especialmente a los estudiantes y colegas jóvenes.
El artículo «The Central Role of Immune Checkpoint Receptors in Genitourinary Tumor Immunotherapy: Mechanisms, Biomarkers, and Therapeutic Landscape» fue publicado el 29 de mayo de 2026 en la revista Receptors (MDPI), vol. 5, n.º 2. Está disponible en acceso abierto en: https://doi.org/10.3390/receptors5020018